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La palabra mal traducida que llenó Marte de alienígenas

En 1877, un astrónomo italiano tomó notas sobre Marte. Un pequeño fallo de traducción provocó casi un siglo de pánico e historias sobre invasiones marcianas.

Te cuento algo…

2 min de lecturaEscrita con apoyo de IA

Te cuento algo que ocurrió en el otoño de 1877 en el observatorio astronómico de Milán. Un hombre meticuloso llamado Giovanni Schiaparelli apuntó su telescopio hacia el cielo nocturno y empezó a trazar el mapa más detallado de Marte jamás visto. Sin embargo, una sola palabra anotada en su libreta desencadenó una obsesión planetaria que duró casi un siglo.

Schiaparelli descubrió sobre la superficie marciana una intrincada red de líneas oscuras. Se trataba de hendiduras continentales y fallas geológicas totalmente naturales. Para describir aquellas grietas en sus informes en italiano, echó mano de un término técnico impecable: canali.

En su idioma materno, la palabra canale designa a cualquier garganta o cauce natural tallado por la naturaleza. Pero cuando la prensa internacional y la comunidad científica angloparlante leyeron sus escritos, tropezaron con una trampa lingüística. En lugar de traducir el término como channels, que alude a cauces naturales, eligieron canals, una palabra reservada exclusivamente a obras de ingeniería artificiales.

Aquella equivocación de traducción corrió como la pólvora por los periódicos de todo el globo. De la noche a la mañana, la humanidad dio por sentado que Marte no solo estaba habitado, sino que sus pobladores habían construido una red colosal de acueductos para transportar agua helada desde los polos hasta el ecuador de su seco planeta.

El impacto fue tan demoledor que hombres muy acaudalados, como el astrónomo estadounidense Percival Lowell, invirtieron verdaderas fortunas en construir observatorios privados solo para cartografiar con detalle esas supuestas autopistas marcianas. La literatura de invasiones extraterrestres y la paranoia del siglo XX despegaron a raíz de esa sola convicción.

Hubo que esperar a 1965 para que la sonda Mariner 4 llegase al planeta rojo y tomase las primeras fotografías de cerca. No había acueductos, ni ciudades, ni ingeniería avanzada; solo un desierto inhóspito marcado por ilusiones ópticas. La mayor fiebre de la historia por encontrar vecinos en el cosmos no empezó con una señal lejana, sino con un mal diccionario en una mesa de redacción.

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