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El brebaje amargo que engañó al Vaticano

En el siglo XVII, una acalorada disputa teológica sobre el cacao estuvo a punto de prohibir el chocolate en toda Europa durante la Cuaresma.

Te cuento algo…

2 min de lecturaEscrita con apoyo de IA

Corre el año 1636 en Madrid y las tazas humeantes de chocolate son el vicio indiscutible de la corte española. No se trata de un dulce capricho, sino de una pócima densa, amarga y especiada que aristócratas y frailes consumen a cualquier hora. Tan extendida está la costumbre que los religiosos se niegan a escuchar los sermones si no han tomado antes su jícara matutina.

Pronto surge un dilema teológico que sacude los cimientos de la Iglesia europea. La controversia no es una cuestión de gusto, sino de fe estricta y salvación del alma. Las normas eclesiásticas de la época prohíben categóricamente ingerir cualquier tipo de alimento sólido durante los largos días de la Cuaresma.

La gran pregunta que divide a los eruditos es simple en apariencia, pero diabólica en la práctica: ¿es el chocolate una bebida o un alimento? Para algunos teólogos, su capacidad para saciar el hambre demuestra que nutre el cuerpo y quiebra el ayuno. Para otros, al ser un líquido servido en taza, debe tratarse como el agua o el vino.

Las discusiones en las abadías y conventos de la península se vuelven tan encarnizadas que rozan el escándalo. Hay denuncias anónimas ante la Inquisición, confesores que niegan la absolución a las damas de la nobleza y sermones incendiarios desde los púlpitos que tildan al brebaje de tentación satánica destinada a corromper las almas piadosas.

Ante el caos creciente que amenaza con desencadenar un cisma entre los monjes, la disputa cruza los Alpes y llega hasta los palacios del Vaticano. El Papa Urbano VIII, abrumado por las cartas desesperadas de los conventos españoles, decide resolver la controversia de una vez por todas probando él mismo aquella sustancia traída del Nuevo Mundo.

Tras dar un sorbo a una taza mal elaborada, amarga y espesa, el pontífice hace una mueca de auténtico asco. Su veredicto es inmediato y zanja el asunto con una frase en latín que pasa a la historia: el líquido no rompe el ayuno. Para el Santo Padre, algo con un sabor tan horrendo no podía ser un alimento ni mucho menos un placer terrenal.

Aquel gesto de desprecio papal salvó al chocolate de ser ilegalizado en toda la Cristiandad. La próxima vez que saborees una onza en silencio, recuerda que disfrutamos de este capricho gracias a que un Papa del siglo XVII encontró su sabor totalmente repugnante.

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